Anoche llegué cabizbaja a casa después de que un médico me recetara una medicación que no me gusta.
Cené, me acosté y encendí la tele sin ganas. Había un reportaje de la franja de Gaza.
En primer plano, una niña de 12 años con unos ojos preciosos capaces de atravesarle el alma a cualquiera. Estaba sentada en una silla, en la calle, sola. Acababan de rescatarla de los escombros de su casa donde había permanecido varios días atrapada junto a sus padres y hermanos, todos muertos. No le quedaba NADA en la vida.
Miraba a la cámara, fría, le daba exactamente igual que la grabaran, le hablaran o le cayera un rayo encima. No recuerdo qué le preguntó el periodista, pero ella respondió: "sólo quiero matar a quien ha matado a mi familia, los de Israel".
Un poco más tarde el periodista se dirigió al zoo de Gaza, donde todos los animales yacían muertos porque los trabajadores llevaban un mes sin ir a darles de comer debido a los bombardeos. Solo quedaban vivos una pareja de leones hambrientos que miraban a la cámara y no eran capaces ni de avalanzarse sobre los periodistas para comérselos, ya no tenían fuerzas, se les estaba escapando la vida. Seguro que, si hubieran podido hablar, hubieran dicho: "sólo quiero matar a quien ha matado a mi familia, los de Israel".
Miré a mi alrededor: mi cama grande, mi perra durmiendo a los pies con el estómago lleno, la estufa encendida, mi familia en la planta de arriba, todas las paredes de mi casa en su sitio...
Ahora ya habrán muerto los leones, y a saber qué ha pasado con la niña de los ojos preciosos. Bendito sea cualquier tratamiento que me tenga que tomar. Ojalá la niña se pudiera tomar una pastilla cada mañana para solucionar el agujero que debe de tener en el corazón.
martes 10 de febrero de 2009
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